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PRÓLOGO del libro PIZARRAS (2014)
por Susana Villalba

Un trompo es un equilibrio inestable, momentáneo. Un paroxismo ordenado que da cuenta del caos. Es un juego y una ciencia. Una metáfora y su materia concreta. Un poema y un cálculo. La inercia de la velocidad. Es un “imán invisible perdido en el desperdicio de imágenes”. El trompo parece quieto de tanto que gira. Es apenas un punto que sostiene el todo, un vórtice y todas sus consecuencias. El trompo “hace huecos en el tiempo”. Es un huracán de madera. Gira en un mapa líquido. El girar inventa un mapa; el mapa inaprensible, líquido, se pliega como un trompo. En un mapa líquido “la línea muerde su cola”, los seres intentan inútilmente clavar estacas, marcar mojones. No es casual que Lucas Marín haya sostenido una galería denominada precisamente Mapa líquido, en la cual se desarrollaban muestras de arte visual y performances literarias. No es casual que en sus propias acciones performáticas haya trabajado con trompos. Ni es casual el trompo ¿girando o cayendo? en la tapa de este libro: Pizarras. Pizarras como superficies donde escribir sobre lo borrado, donde borrar sobre lo escrito. Capas de lo líquido que coagulan en una (aparentemente) sola materia, donde la noche cae borrando lo que el día borronea. “Revés de epitafio/ lo que se nombra va naciendo/ como un cuerpo/ la tiza en la materia”.

Y no es casual que Marín sea un ávido lector de filosofía y de ciencia, como también artista visual. Porque este libro, donde las palabras serpentean como las espirales del trompo, como las espirales que encontramos también en sus pinturas, logra una poesía filosófica. No en el sentido de hablar acerca de problemas filosóficos ni como poesía ensayística; estos poemas hablan como habla el universo (según la ciencia y la filosofía de la ciencia comienzan a comprender). Últimamente, entregándose a la incertidumbre, a la múltiple posibilidad, a la idea de antimateria, al azar y al caos, los científicos y los filósofos han logrado aproximarse a todo aquello que no tenía sentido según la razón. El universo puede no tener sentido, o tener un sentido totalmente irregular, o múltiple. Últimamente se escucha a los científicos la misma frase que siempre sostuvieron los poetas: cada respuesta abre preguntas nuevas. El mayor mérito de este libro es hablar poéticamente de un paisaje que es el que suelen visitar los físicos, preguntarse las mismas cosas, pero con palabras que nos transmiten la zozobra y la emoción de preguntar, no el razonamiento; con palabras que logran llegar a la orilla luego del naufragio del lenguaje conocido. “Llevar la materia al negro irreflejo/ detener la proyección/ disecar la pantalla.” “Escribir/ con los pasos en la arena/ la silueta espiral/ que se abrirá siempre.”

Al mismo tiempo, con ese extraño equilibrio del trompo, convive una mirada prístina y primaria: de la infancia, la naturaleza más cercana, los pájaros, los árboles. No es casual que la infancia de Marín transcurriera en las siestas rurales mendocinas y no en la gran ciudad. El trompo no tiene dos caras, tampoco esta poesía, gira porque ambas realidades son una sola: la naturaleza vista de cerca y en el entorno próximo, y la naturaleza de galaxias y múltiples universos que sólo podemos imaginar y deducir. La poesía de Marín es sumamente abstracta pero partiendo de la tierra, del pan, del cuerpo, de la verdad del cuerpo que se conoce por herida y por dolor. “Urdimbre de la suma de la sombra/ la mano que toca el ojo del cielo/ en la tinta dormida del cuerpo.” Cuerpo-trompo: “lo que sale de mi talón es el hilo que me desteje.”

Sumando palabras de mundos que se suele clasificar como no combinables, alejando adjetivos de los sustantivos que se supondrían acordes y acercándolos a los que no corresponderían, recurriendo al oxímoron o estableciendo paralelismos entre metáforas de contextos muy disímiles, Marín logra su objetivo: “ampliar el límite del lenguaje/ alejarse del hogar”; “transparear este sitio/ señalarlo/ como artificio de un principio.” Estos poemas parecen ser teorías acerca del ver y el percibir. Pero no son poemas teóricos. “Paisaje en el agua de la piel/ reflejo de pájaro”. Cuál es el cuerpo, cuál el reflejo, cuál el pájaro. ¿El mundo es construido por el ojo del hombre o el mundo construye un hombre para ser mirado y dicho? ¿La pintura guarda relación con la materia pintada? ¿Y qué es la palabra, materia líquida que fluye o “elipsis que emana un ser”? ¿Es el poeta quien interpreta azul el mundo o es el azul que habla y hace hablar azul al poeta? “Repetimos en el eco redondo/ la manera de la creación/ un espiral como el sueño// permanece como un halo/ como un túnel en el cielo/ como una palabra.”

En este libro el lenguaje-trompo es centrífugo y centrípeto a la vez, un mundo surge de su propia licuefacción. “Gira lo que se ha arrojado/ en la imprevisibilidad del hilo/ persistir en el eje es irradiar/ como un sol en su sistema.”

S. V.